La pérdida de caudal en la Cola de Caballo del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, los cambios en los bosques y la acelerada reducción de los glaciares empiezan a transformar el paisaje de los Pirineos. Los primeros resultados del proyecto LIFE Pyrenees4Clima muestran impactos significativos en la criosfera, los recursos hídricos y los ecosistemas. El cambio climático afecta también a espacios menos visibles, como las cuevas heladas y los ibones, mientras que los refugios climáticos de alta montaña se perfilan como espacios esenciales para la supervivencia de las especies más vulnerables.
El cambio climático está alterando profundamente los Pirineos y sus consecuencias afectan ya a la salud de las personas, la disponibilidad de agua, la biodiversidad, los ecosistemas, la economía y la vida en el territorio. Dentro de este amplio conjunto de impactos se encuentra también la transformación acelerada de algunos de los paisajes más emblemáticos del macizo. La pérdida de caudal en la Cola de Caballo del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, la rápida reducción de los glaciares o la desaparición del hielo en cuevas son algunas de las evidencias constatadas por el proyecto europeo LIFE Pyrenees4Clima, liderado por el Observatorio Pirenaico del Cambio Climático (OPCC). El proyecto comenzó en 2024, se prolongará hasta 2031 y trabaja para mejorar la resiliencia de los Pirineos frente al cambio climático mediante una visión integral y acciones demostrativas sobre el terreno.
“La intensidad y la duración de las olas de calor, tanto a escala global como en el territorio pirenaico, han aumentado en la última década, y los modelos climáticos indican que esta tendencia continuará en un planeta cada vez más cálido”, asegura Blas Valero, geólogo y profesor de investigación en el Instituto Pirenaico de Ecología (IPE-CSIC), uno de los 47 socios de LIFE Pyrenees4Clima. Los datos del último Boletín de Indicadores de Cambio Climático de los Pirineos (BICCPIR) muestran que, desde 1960, los Pirineos han perdido tres días de helada por década y han ganado 4,9 días de verano.
Valero indica que “el aumento de la frecuencia, la duración y la intensidad de las olas de calor en todo el planeta es una consecuencia directa del cambio climático, tal como confirman los estudios de atribución de las principales agencias meteorológicas internacionales”. Un análisis del grupo científico World Weather Attribution vincula el agravamiento de las olas de calor en Europa con las emisiones procedentes de los combustibles fósiles.
Los glaciares, las cuevas de hielo, los lagos, los ríos de cabecera, los bosques y las praderas alpinas se encuentran entre los espacios más vulnerables. “Estos paisajes y ecosistemas emblemáticos experimentan cambios rápidos e irreversibles como consecuencia del calentamiento global, acelerados por las olas de calor”, explica Valero.
Uno de los ejemplos más claros se encuentra en la Cola de Caballo del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido. “En este paisaje emblemático, el impacto del cambio climático es evidente”, afirma Luis Javier Lambán, científico del Centro Nacional Instituto Geológico y Minero de España (CN IGME-CSIC). La cascada está alimentada por el manantial de Garcés, que drena el acuífero kárstico del macizo de Monte Perdido. Su caudal alcanza valores máximos de aproximadamente 2.000 litros por segundo en junio, coincidiendo con el deshielo, y mínimos de alrededor de 400 litros por segundo en enero.
Jorge Jódar, científico del CN IGME-CSIC, explica que “el impacto del cambio climático es evidente en el descenso del flujo del manantial durante las sequías o los inviernos con escasa precipitación nival”. Los modelos hidrológicos muestran un cambio drástico en la estacionalidad de la descarga del acuífero: aumenta el caudal de base en invierno, disminuye considerablemente durante el verano y el periodo de máximos caudales, que antes se producía en junio y julio, se adelanta más de un mes, hasta mayo. Esta descarga de agua subterránea es esencial para conservar la biodiversidad del parque nacional, garantizar el suministro de agua a los ecosistemas y mantener el caudal y la temperatura de los cursos de agua de las zonas bajas del macizo.
Otra evidencia es la acelerada reducción de los glaciares. Han perdido más del 90 % de su superficie desde 1850 y su retroceso se ha acelerado desde 2022, hasta alcanzar tasas anuales de fusión que triplican las observadas a comienzos del siglo XXI. “Los paisajes asociados al hielo y la nieve presentes en los Pirineos se están viendo notablemente afectados por la evolución climática reciente”, afirma Jesús Revuelto, investigador del IPE-CSIC.
Los efectos del cambio climático también se observan en los bosques y matorrales. Su superficie ha aumentado significativamente en las últimas décadas debido al abandono de los pueblos y a la reducción de las actividades tradicionales de gestión y aprovechamiento forestal. Sin embargo, este nuevo paisaje está cada vez más amenazado por las altas temperaturas, la falta de agua, las especies invasoras y el creciente riesgo de incendios. Rafael Delpi, de FORESPIR, afirma que los bosques de montaña son especialmente sensibles al déficit hídrico. Las sequías y las olas de calor no provocan por sí solas su decaimiento, pero contribuyen a debilitarlos y pueden desencadenar la desaparición o el desplazamiento de diferentes especies.
Los estudios realizados en parcelas forestales muestran que las sequías y las olas de calor pueden iniciar o agravar los procesos de debilitamiento forestal. El esfuerzo que realizan los árboles frente a las altas temperaturas y la falta de agua los hace más vulnerables a amenazas como las plagas y los hongos.
En diferentes zonas de los Pirineos ya se observan procesos de decaimiento en comunidades de abeto blanco, tanto en la vertiente norte, especialmente en Aude, como en la vertiente sur, en Navarra y Aragón. FORESPIR advierte también de que el deterioro de los bosques aumenta la vegetación seca y el material combustible, lo que incrementa el riesgo de propagación de los incendios forestales.
Las olas de calor también pueden favorecer la expansión de especies invasoras. Los episodios extremos aumentan la mortalidad de algunas especies autóctonas y dejan espacio a otras especies exóticas más tolerantes a las altas temperaturas. Belinda Gallardo, investigadora del IPE-CSIC y responsable del primer diagnóstico integral realizado en la cordillera, explica: “Hemos identificado más de 650 especies exóticas, de las que tres cuartas partes son plantas. Su presencia ha aumentado de manera exponencial desde 1980 y se acumulan en los valles y bordes de carreteras”.
Entre las especies más preocupantes se encuentran el visón americano, el ailanto, la avispa asiática y la polilla del boj. Esta última llegó desde Asia a los Pirineos en 2014 y provoca la pérdida de las hojas y la muerte del boj, aumentando la cantidad de material seco y el riesgo de incendio.
Los Pirineos también se transforman en sus zonas menos accesibles y visibles. Es el caso de las cuevas heladas de las altas cumbres, cuyos depósitos de hielo están desapareciendo rápidamente. En los últimos cinco años, algunos depósitos formados hace miles de años han desaparecido por completo o han reducido notablemente su espesor. Ana Moreno, investigadora del IPE-CSIC, señala que en varias cuevas singulares del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido el hielo prácticamente ha desaparecido.
Uno de los casos más destacados es el de la cueva Sarrios 1, donde un depósito de casi seis metros de espesor y más de 5.000 años de antigüedad se fundió como consecuencia de las olas de calor del verano de 2023. En otras cavidades, como Casteret o Sarrios 6, el hielo disminuye a un ritmo superior a los 20 centímetros al año. La investigación también está constatando cambios en los ibones pirenaicos, monitorizados desde 2017 por el IPE-CSIC. El seguimiento ha registrado un aumento de hasta 0,45 grados al año en la temperatura de sus aguas superficiales.
El calentamiento modifica los periodos en los que las diferentes capas de agua se mezclan y altera el ciclo de los nutrientes y de otros elementos. En el ibón de Marboré se ha registrado por primera vez falta de oxígeno en las aguas profundas durante el invierno. La monitorización también ha detectado periodos prolongados en los que la temperatura de las aguas superficiales supera los valores habituales. Estas olas de calor lacustres se producen no solo durante el verano, sino también en otoño, y podrían afectar a la flora y la fauna de los ibones, aunque su impacto todavía está por determinar.
El cambio climático también está afectando a la calidad del aire en los Pirineos. Uno de los factores que agrava sus efectos es el aumento del polvo procedente del Sáhara y del hollín generado por los incendios forestales. El polvo sahariano puede aportar nutrientes a los ecosistemas terrestres y acuáticos, pero también acelera el deshielo. Al depositarse sobre la nieve y el hielo, oscurece su superficie, hace que absorba más calor y reduce su duración.
Jorge Pey, investigador del IPE-CSIC y responsable de las mediciones realizadas en Formigal-Sarrios, alerta de que “entre 2019 y 2025 el aire de los Pirineos muestra concentraciones de partículas cada vez mayores, relacionadas tanto con incendios forestales cercanos como con el transporte de contaminantes a grandes distancias”.
En verano, los valores habituales de hollín se sitúan entre 200 y 300 nanogramos por metro cúbico. Sin embargo, desde 2022 se han registrado episodios extremos: más de 2.500 nanogramos por metro cúbico en 2022, coincidiendo con el incendio de Añón de Moncayo; hasta 4.000 en 2024, debido al humo de los megaincendios de Canadá; y más de 5.000 en 2025, asociados a los grandes incendios de Castilla y Galicia.
Estos datos muestran que los incendios forestales y el transporte atmosférico de contaminantes tienen un impacto creciente en los Pirineos. Ambos fenómenos se ven favorecidos por el cambio climático y podrían intensificarse en el futuro. Jorge Pey apunta que “2026 puede marcar un récord en las concentraciones estivales de hollín debido a la multitud, intensidad y extensión de los incendios forestales en el entorno de la región pirenaica”.
El calentamiento global y las olas de calor ya están afectando a la biodiversidad, aunque sus consecuencias varían entre unas especies y otras. Cada especie tiene una capacidad diferente para desplazarse, resistir las altas temperaturas o adaptarse a las nuevas condiciones. “La velocidad a la que están cambiando las condiciones climáticas es demasiado rápida para que muchas especies puedan evolucionar y adaptarse en el lugar en el que viven”, explica Begoña García, investigadora del Instituto Pirenaico de Ecología.
Por este motivo, los refugios climáticos se convierten en un salvavidas para las plantas y otros organismos con una movilidad escasa o nula. Estos pequeños espacios mantienen condiciones más favorables, como temperaturas más bajas o una mayor humedad, que las áreas de su entorno. Son especialmente abundantes en las zonas de montaña y se identifican mediante minisensores climáticos, vuelos de dron con cámaras térmicas e inventarios de flora. García advierte de que la biodiversidad es demasiado amplia y compleja como para generalizar: “Si hay perdedores, también hay ganadores, por eso, más que hablar de un único efecto general, debemos identificar qué ambientes y qué grupos de especies están siendo más afectados y cuáles pueden ver amenazado su futuro”.
Las investigaciones empiezan a mostrar que muchas poblaciones de las plantas más raras, exclusivas y vulnerables se encuentran en refugios de montaña bien conservados y, con frecuencia, poco accesibles. En estos espacios disponen de mejores condiciones para resistir los efectos del cambio climático.
Las evidencias recogidas por LIFE Pyrenees4Clima muestran que el cambio climático no está provocando un único impacto, sino una transformación simultánea de la nieve, el hielo, el agua, la biodiversidad, la calidad del aire, las masas forestales y los pastos de los Pirineos. Muchos de estos cambios ya son visibles, mientras que otros solo pueden detectarse mediante la investigación y la monitorización científica continuada. Además, sus efectos se retroalimentan y amplifican el impacto final.
Ante esta realidad, LIFE Pyrenees4Clima trabaja para convertir el conocimiento científico en medidas concretas de adaptación. A través de la cooperación entre sus 47 socios y de acciones demostrativas desarrolladas con agentes territoriales de todo el macizo, el proyecto busca anticiparse a los riesgos, reforzar la capacidad de respuesta de los territorios y preservar los ecosistemas y los recursos de los que depende la población pirenaica y que son fuente de vida más allá de las áreas de montaña.
Se adjuntan en la galería:
Figura 2: Retroceso de los glaciares de Monte Perdido y Aneto para el año 2024-2025
Figura 4: Ejemplo de olas de calor en el lago de Marboré durante 2023, de intensidad fuerte durante el verano e incluso severas a principios de otoño
OBSERVATORIO PIRENAICO DEL CAMBIO CLIMÁTICO
Avenida Nuestra Señora de la Victoria, 8,
22700 Jaca (Huesca) – España
Tlf.: +34 974 36 31 00
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